Por Enrique Vargas Peña
Los norteamericanos votaron por el cambio. Es bueno, pues, reflexionar sobre lo que desean cambiar en Estados Unidos, sobre aquello que buscan reemplazar.
El gobierno de George W. Bush ha generado el enorme rechazo que se manifestó en las últimas semanas, que puede ser simbolizado por la manera en que el propio candidato oficialista, John McCain, trató de evitar cualquier asociación con él, por su mala gestión de la economía.
La mala gestión de Bush en economía no es un accidente, sino la consecuencia necesaria y lógica de haber desatado la tendencia monopólica del capitalismo, esa misma que es el centro de la crítica de Adam Smith en “La Riqueza de las Naciones”.
La desregulación del sistema financiero y, en general, el aliento para fusionar empresas en detrimento de la competencia y de los servicios al consumidor terminó donde siempre termina: en los directores de las financieras y las empresas dilapidando el dinero de los ahorristas y de los accionistas.
A su vez, Bush desató la tendencia monopólica del capitalismo debido a que su esquema de valores no se nutrió de los documentos fundamentales de Estados Unidos, sino de la Biblia.
Si el presidente saliente de Estados Unidos hubiera dedicado aunque sea una parte mínima del tiempo que gasta en recitar la Biblia en aprender algo del “Estatuto de Virginia para la Libertad Religiosa” de Thomas Jefferson o del “Discurso de las Cuatro Libertades” de Franklin Roosevelt, hubiera entendido que no es en las Cartas del Apóstol San Pablo donde se buscan las fórmulas para la prosperidad de una nación.
Esta no es una afirmación arbitraria o gratuita: El esquema de valores que una economía de mercado requiere para no convertirse en un mero proceso hacia la monopolización surge de la idea de república (commonwealth) como lo expuso con solvencia Max Weber en “La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo”, por si la misma obra de Adam Smith no fuera suficiente.
De San Pablo surge seguramente alguna cosa buena, pero es claro que de él no pueden obtenerse buenas recomendaciones económicas, por la sencilla razón de que al Apóstol de los Gentiles lo que le interesaba, básicamente, era establecer un esquema de autoridad que le permitiera imponer sus ideas, cosa en la que tuvo rotundo éxito.
Y es ese, precisamente el camino que siguió Bush, aunque tal vez no sea justo personalizar el problema en el presidente saliente de Estados Unidos, sino en la fuerza que fue su principal soporte todos estos años, la Derecha Cristiana.
La Derecha Cristiana (originalmente Coalición Cristiana) fue organizada por Pat Robertson y Ralph Reed a fines de los años 80 y, durante la presidencia de George Bush padre, se convirtió en la base operativa del Partido Republicano.
La lucha por la desregulación de la economía que condujo a la actual catástrofe tiene muchos orígenes, pero uno de ellos es el interés particular de la Derecha Cristiana en liberar a las organizaciones comerciales con fines religiosos, como los colegios y las redes nacionales de televisión confesional, del pago de impuestos.
Todo esto es lo que los norteamericanos tratarán de cambiar a partir del 20 de enero aunque, como lo atestigua la historia de Roma, hay que ser más bien pesimistas sobre sus posibilidades de lograrlo.
miércoles 5 de noviembre de 2008
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