lunes 7 de abril de 2008

A Venezuela con la SIP 04

Caracas

Enrique Vargas Pena

Es Caracas una ciudad congestionada. Los embotellamientos son enormes, las autopistas también. Las colas de automóviles, la mayoría nuevos, dominan la vida ciudadana. La capital venezolana es ruidosa, mucho más que Asunción, los bocinazos, los gritos y los escapes libres hacen el sonido ambiente.

Caminando por la avenida Francisco de Miranda, se ven edificios importantes, imponentes, de las corporaciones que trabajan en Venezuela, muchos de los cuales exponen falta de mantenimiento. En las anchas veredas, hay pulcritud, pero en los recovecos se ve suciedad. Debe ser una falta de atención por los detalles.

Aunque los caraqueños se quejan de los baches, para lo que estamos acostumbrados a sufrir en Asunción, Caracas parece nueva, al menos no se sienten. Por supuesto, nada en la metrópolis venezolana que se compare a los cráteres de Eusebio Ayala.

Pero Caracas tiene un atractivo singular para los que vivimos en las llanuras, y es que discurre entre los picos del Ávila, una cadena de montanas que enmarca la ciudad en un paisaje incomparable.

Cada avenida, cada callecita, permite ver una sobrecogedora perspectiva de los verdes montes que entre los que se extiende la ciudad. Alzando la vista, se ven los barrios ricos, y los pobres, trepar hacia las altas cumbres.

Aunque aparentemente no ha llovido en los últimos días, la vegetación es exuberante, el clima, al menos en estos días del ano, tendiendo a fresco, para los estándares paraguayos, puede uno sentarse afuera, o caminar, sin ser aplastado por el calor.

Los visitantes extranjeros son advertidos sobre la inseguridad, pero la gente camina sin preocupaciones evidentes, hablando muy fuerte, casi a los gritos, como si todo estuviera normal.

La Revolución Bolivariana no se nota mucho en las calles, salvo por algún mural de zona en zona que recuerda, con vívidos colores, que en Venezuela se está construyendo el socialismo y que el constructor principal es Hugo Chávez.

En la Plaza Altamira, contenida por cerros y tradicional bastión opositor, se hacen ahora ejercicios de entrenamiento de la policía, a cuyos batallones se ve trotando en ropa de gimnasia al son de marchas revolucionarias que los propios entrenados cantan a voz en cuello.

Pero una persona que no se fije con atención podría no ver los murales, los carteles, pues es en la vida diaria donde se nota más de qué se trata el proceso.

Los venezolanos deben, por ejemplo, tomar leche en polvo en lugar de la de las vacas, deben pagar mucho más por la carne, que escasea, o por los huevos. Hay desabastecimiento de esos y otros productos, aunque, vale reiterarlo, no de automóviles.

Los venezolanos ya no pueden viajar mucho, porque el gobierno les ha limitado la plata que pueden sacar sin tarjeta de crédito a trescientos o cuatrocientos dólares por viaje.

Pero, a pesar del gobierno, los caraqueños se siguen divirtiendo y los cientos de restaurantes, pubs, karaokes, discotecas que hay en la zona céntrica están abarrotados hasta altas horas, aunque los caminantes desaparecen de las calles para las once o doce de la noche: la diversión es en auto.

Caracas debe ser un quebradero de cabeza para Chávez y las huestes bolivarianas, pues las hordas consumistas, que es como las desprecian los buenos revolucionarios, poco más de la mitad del país concentrado en gran parte en la capital, son número molestosamente difícil de eliminar para aquellos.

Estando en Caracas se tiende a olvidar, en efecto, que otra gran ciudad, llena de esta misma clase de consumidores, La Habana, fue reducida en un plazo de pocos anos, a un sórdido remedo latinoamericano de Pyong Yang, la capital de Corea del Norte.

Habrá que ver, en los próximos meses o anos, si el empeno de Chávez puede convertir la natural alegría de los venezolanos en la presente angustia de los cubanos.