miércoles 27 de febrero de 2008

Las ovejas de los pastores*

Por Enrique Vargas Pena

La lógica detrás de los nombramientos que está haciendo el presidente Nicanor Duarte Frutos a lo largo y a lo ancho de la administración pública merece una reflexión especial, porque desnuda la verdadera naturaleza de su programa político.

El presidente está entregando cargos públicos, que paga todo el pueblo, a muchos de los que habían integrado las fuerzas disidentes del Partido Colorado con el fin de obtener su apoyo para la campaña de Blanca Ovelar, suponiendo que con ellos vienen, poco menos que automáticamente, los votos de los ciudadanos que en la interna votaron por la disidencia.

Según este particular modo de ver, los ciudadanos que votaron por opciones distintas a Blanca Ovelar en la interna colorada son una especie degradada de homínidos, no muy diferentes de las ovejas, incapaces de pensar por sí mismos, incapaces de tomar decisiones autónomas, incapaces de elegir.

Consecuentemente, cuando los pastores de estos hominidos se mueven –según el razonamiento del oficialismo colorado– se mueven también ellos, los homínidos, en rebaño uniforme, chato, gris y sin voluntad propia.

La disidencia de Derlis Osorio se calma con el Ministerio de Justicia y Trabajo y entonces, piensa Duarte Frutos, miles de capiateños votarán por Blanca Ovelar; el enojo de Julio César Velázquez se solventa con dos o tres consejeros en las binacionales y dos o tres direcciones de entes para asegurar, cree el presidente, los votos de miles de fernandinos.

Es obvio que el señor Duarte Frutos y su equipo no tienen en muy alta estima al pueblo paraguayo. Para ellos no es muy distinto a una mansa manada de simios a la que se dirige con algún pedacito de carne que se le ofrece al pastor. Si este está satisfecho, la manada estará tranquila.

Este desprecio supremo hacia el pueblo paraguayo explica por qué el senador Juan Carlos Galaverna se cree con derecho de robar elecciones. Si las víctimas del robo no son más que ovejas, poco importa robarles. A las vacas se las conduce al potrero, no se les pregunta sobre sus intenciones.

La lógica del oficialismo tiene un aspecto aún peor, si cabe: los pastores necesitan, para vivir, mostrar sus rebaños, cuanto mayores, más interesantes para el poder y, por tanto, tienen interés operativo y pecuniario en lograr que cada vez más paraguayos sean degradados.

No es un accidente, sino una política, que Judith Andrashko fomente las ocupaciones de propiedades en varios centros urbanos del país, con dinero público: estas ocupaciones convierten a sus supuestos beneficiarios en siervos que dependen del favor oficial para tener vivienda, luz, agua y, si se portan bien, incluso teléfono.

No es un accidente, sino una política, que Arístides Da Rosa sea el que disponga quién entra y quién sale de los centros de salud de San Pedro: los remedios a los que los paraguayos tienen derecho se convierten así en una gracia que se dispensa a quienes se portan bien y se restringe a quienes se portan mal. Sin que importe si son o no colorados, como se encargan siempre de recordarlo, pues lo importante es que sean siervos.

Y así en todo, incluso en el sistema educativo.

Esto es lo que desnuda la entrega de prebendas a los antiguos disidentes colorados, disidentes que muestran, de paso, una carencia de principios verdaderamente asombrosa.

Más de cuatrocientos mil colorados votaron el pasado diciembre contra todo eso, justamente. Y sabemos que votaron contra eso, porque abolir eso es lo que prometieron los beneficiarios de esos votos.

A esos miles es que Duarte Frutos y los antiguos disidentes están ofendiendo al suponer que votaron a Derlis Osorio o a Julio César Velázquez o a los demás veleidosos.

A mi modo de ver se equivocan: Osorio, Velázquez y los demás recibieron votos porque prometieron cambiar eso. Ahora que trabajarán por mantenerlo, se quedarán sin los votos, porque los paraguayos, mal que les pese, somos gente.

*Publicado en La Nación de asunción el 27 de febrero de 2008

1 comentarios:

Elle dijo...

Yo lo veo simple. Nunca existió la voluntad de mejorar las condiciones del país para sus propios habitantes, sino la del progreso a expensas de aquellos, de unos cuantos mentirosos.

En las acciones está la real intención, no en el discurso, que a ninguno de nosotros nos sirve. Sobrevivir para conseguir lo básico que debería estar ya dado por hecho, se volvió en una tarea estresante, perdiendo una vida entera peleando para que nos den lo que por derecho nos corresponde. ¡Que hastío!.

Estoy considerando seriamente ser parte de la estadística de la emigración.

Saludos! (: