miércoles 28 de febrero de 2007

La verdad nos hará libres

Por Enrique Vargas Peña

“La verdad nos hará libres”, frase atribuida a Jesús de Nazareth (Juan 8: 32; Efesios 4:15) se aplica más que nunca a la situación planteada por el descubrimiento de una cueva funeraria judía, con unos ocho osarios, con inscripciones que pueden indicar que se trataría de los cuerpos de una familia integrada por un tal Jesús, hijo de José, María Magdalena y Judas, hijo de Jesús, entre otros.

El descubrimiento lleva años, pero desde hace cinco ha sido objeto de una investigación más detenida por un grupo verdaderamente poco usual en la materia, dirigido por James Cameron, famoso por haber sido director de “Titanic”, pero también por haber dirigido varias expediciones científicas al propio Titanic (antes de pensar en su célebre película) o al Bismarck, el mayor acorazado alemán de la Segunda Guerra Mundial hundido por los ingleses en 1941.

Se ha pretendido descalificar el rigor de la investigación por el hecho de ser Cameron un cineasta más que un arqueólogo especializado, como si la aplicación del método científico fuera un tema de títulos y no de procedimientos.

Hay quienes se adelantaron a desechar de plano la posibilidad siquiera de que todo esto se examine ocultando las dudas y las preguntas con gritos y alaridos en los que se tacha este estudio de descabellado o disparatado.

Estas personan temen a la verdad. Le tienen miedo a la verdad. No se animan a indagar si todo aquello en lo que han creído en razón de fe es o no falso. Pero a fin de cuentas la fe religiosa es eso, no discutir la enseñanza de la Iglesia.

La cuestión planteada por esta presentación no es complicada: Es si pudo haber en Jerusalén, en tiempos de Jesús, otra familia que no fuera la suya, con la misma combinación de nombres que tenía la de él: Jesús hijo de José, María Magdalena esposa de Jesús, etc.

Las probabilidades son pequeñas. Muy pequeñas.

Pero ciertamente caben las observaciones que se están haciendo en todo el mundo cristiano sobre si las dataciones están totalmente verificadas o sobre si se pueden realizar comprobaciones todavía más detalladas sobre los restos.

Llama la atención, por ejemplo, que esta extraordinaria cueva no haya sido descubierta allá por los años 300 por Helena, la madre del emperador Constantino, que dedicó su vida a rescatar reliquias de la vida de Jesús.

Ella dijo haber encontrado el Santo Sepulcro, el sitio de la Natividad, la mismísima Cruz, entre otras que halló para mayor gloria de la Iglesia que por eso la convirtió en santa, en santa Helena.

El equipo de Cameron reveló que en los osarios existen restos de ADN, el código genético que cada ser viviente lleva, que permitiría mejorar las dataciones hasta un punto indubitable, pues parece evidente que no podrán ser usados con fines identificatorios desde que no hay registro alguno que permita una comparación eficaz.

Sin embargo, suponiendo que con el curso de las investigaciones todas las pruebas requeridas por la ciencia sean satisfechas, los creyentes podrán todavía decir que existe esa pequeña probabilidad (1 de 600 para ser precisos), de que todo se trate de una mera coincidencia y que Jesús de Nazareth, en quien ellos depositan su fe, haya, a pesar de todo, ascendido al Cielo para estar a la derecha de Su Padre.

Y así el asunto seguirá siendo lo que siempre ha sido, una cuestión de fe, o sea algo completamente independiente de la verdad.

miércoles 21 de febrero de 2007

La doctrina del mal menor*

Por Enrique Vargas Peña

El grupo que gobierna nuestro país parece resuelto a impedir que Fernando Lugo compita en la carrera por la presidencia de la República.

No será la primera vez que eliminan rivales. En 1992 robaron la elección que convertía a Luis María Argaña en candidato presidencial del Partido Colorado; en 1997 usaron un tribunal militar para juzgar en tiempo de paz a un civil que estaba siendo juzgado por la misma causa en el fuero ordinario, sacando de ese modo del proceso electoral al también candidato presidencial del Partido Colorado, Lino Oviedo.

Ahora van a argüir el Código de Derecho Canónico para sacar de competencia a Fernando Lugo, a pesar de ser la República del Paraguay una en la que no hay religión oficial.

Según ellos, los paraguayos tenemos que seguir soportando el fraude, el robo, la manipulación de la justicia y el menoscabo de nuestros derechos porque, aún con todo eso ellos dicen ser el mal menor.

Todo lo que nos hacen desde hace dieciocho años es menos malo, sostienen, que lo que puede venir con Lugo. Y ponen de ejemplo lo que está ocurriendo en Venezuela, donde Chávez está mostrando, en efecto, que no cualquier cambio es deseable. Venezuela tenía un gobierno de ladrones, pero lo está reemplazando por una dictadura que se quiere apoderar incluso de las despensas de barrio y que terminará también robando, porque esa es la consecuencia del poder sin control.

En los países decentes, basados en el espíritu de las leyes, no puede haber tribunales militares juzgando a civiles, menos en tiempo de paz y mucho menos aún cuando esos civiles están siendo juzgados por los mismos hechos en el fuero ordinario, pero los que mandan en nuestro país nos lo impusieron.

Lo impusieron, además con el aval de gente como Carlos Filizzola o Luis Lezcano Claude, a la que los principios interesan poco o nada.

Y ahora van otorgar fuerza coercitiva perpetua al reglamento de una asociación privada de creyentes, la Iglesia Católica, para impedir a un ciudadano paraguayo la protección que la Constitución garantiza a su libertad de ejercer o no funciones en ella, a pesar de ser este un país sin religión oficial.

Hacer lo que se hizo con Oviedo o lo que se va a hacer con Lugo muestra que el Estado de Derecho está vigente solamente en lo que lo permiten los que mandan o, para decirlo de un modo simple, que no tenemos Estado de Derecho en absoluto, sino un Estado de Arbitrariedad, pues el Estado de Derecho se define, esencialmente, por el imperio continuo del espíritu de las leyes.

Los que creen la propaganda oficial, que Lugo será igual o peor que Chávez, olvidan que lo repugnante del régimen venezolano es justamente la habilitación que se arrogó Chávez para usar arbitrariamente el poder, igual, idéntica a la que existe acá al menos desde que se robó la elección que ganó Argaña.

En síntesis, en el peor de los casos, en el de que Lugo sea como Chávez, nada podrá hacer que sea muy distinto a lo que ya nos están haciendo desde hace dieciocho años.

*Publicado en la edición del 21 de febrero de 2007 de La Nación de Asunción

sábado 17 de febrero de 2007

La popularidad de Lugo*

Por Enrique Vargas Peña

Fernando Lugo es el hombre más popular de la República, según coinciden de modo uniforme todos los sondeos y estudios de opinión que se están realizando en el país.

Esto no es un accidente. Es el resultado de dieciocho años de mala gestión del oficialismo y de muchos integrantes de los partidos políticos que confundieron la transición a la democracia con un festival de prebendas que cargaron sin misericordia sobre el pueblo paraguayo.

Las pruebas son simples e incontrovertibles: el Estado llegó a los doscientos mil funcionarios, cifra escandalosamente excesiva, y el guaraní llegó en un momento a estar a siete mil por dólar, devaluación con la que se financió la serie interminable de asaltos a las arcas públicas disfrazadas de contratos, que permitió volverse ricos, muy ricos, a los amigos del poder.

El Producto Interno Bruto per Cápita cayó de mil ochocientos dólares a novecientos, como cayeron todos los servicios públicos.La avivada de estos políticos es, en efecto, la causa eficiente de los baches, de los cortes de luz, del precio del teléfono, del costo de los combustibles, de la falta de hospitales, de escuelas, de rutas, del desabastecimiento de cemento, incluso de la epidemia de dengue y, en resumen, de haber convertido el proceso en un camino hacia Haití.

A ellos se debe que estemos últimos en los índices de competitividad nacional, de competitividad empresarial, de acceso al crédito, de calidad institucional, de corrupción, de credibilidad judicial, de inseguridad pública y de inseguridad jurídica.A ellos se debe que los paraguayos no tengamos oportunidades de prosperar y enriquecernos.

Obviamente la responsabilidad principal recae en el Partido Colorado, que detentó el gobierno durante todos estos años. Pero los demás grupos contribuyeron con lo suyo, no solo en emular el prebendarismo republicano cada vez que pudieron, sino, básicamente, en no animarse a mostrar sus diferencias, cuando las tenían.

Durante todos estos años el país esperó en vano que la oposición fuera capaz de mostrarse diferente, moralmente diferente, pero salvo algunas buenas excepciones, satisfacer esa demanda social no fue la prioridad de los opositores.

Es una repetición tan idéntica a lo ocurrido en Venezuela y en Ecuador, que es verdaderamente difícil entender cómo viendo lo que ocurría en esos países, nuestros políticos se afanaban en copiarlo.

Emularon todos los errores, desde el Pacto de Punto Fijo con el que los partidos venezolanos se repartieron el Estado para robar, hasta destituciones modelo Abdalá Bucaram, con las que los partidos ecuatorianos creyeron poder evitar la reforma.

Herminio Cáceres, Julio César Fanego, Magdaleno Silva, Julio Colmán, Wildo Legal, Nicanor Duarte Frutos, no cayeron en la cuenta que al actuar así se reproducirían respuestas parecidas a las que hubo en aquellos países: Chávez y Correa.

A pesar de lo que creen los políticos, no existe razón alguna por la que una sociedad deba soportar indefinidamente la larga serie de abusos que están cometiendo. Dice Thomas Jefferson, en la Declaración de la Independencia de Estados Unidos, que cuando un gobierno llega a ser perjudicial para los fines por los que fue establecido, es un derecho del pueblo cambiarlo.

Ahora, tarde, se preocupan porque Lugo capitaliza ese descontento y en vez de plantearse cambiar como el país reclama y merece, buscan cómo deshacerse de la amenaza al cómodo pero injusto sistema de enriquecimiento que tienen.

Pero el país está harto de ellos y, en verdad, no hay por qué seguir soportándolos.

*Publicado en el diario La Nación el 14 de febrero de 2007