domingo 14 de octubre de 2007

Los héroes y sus ideas*

Por Enrique Vargas Peña

Se recuerda hoy el ajusticiamiento de “Che” Guevara en Bolivia. Cuarenta años atrás, un día como hoy, el jefe guerrillero fue ejecutado por fuerzas militares bolivianas.

Desde entonces, Guevara adquirió unas dimensiones insospechadas, hasta el punto de convertirse, por ejemplo, en icono propagandístico incluso de los xenófobos de Georg Haider en Austria.

Guevara creía en la capacidad redentora de la violencia. Esto no es patrimonio exclusivo de los comunistas como él y difícilmente haya ningún admirador de las revoluciones Inglesa (1648/1688), Americana (1776) o Francesa (1789) que critique eso en concreto a Guevara.

Hay situaciones de injusticia que ciertamente exigen una rectificación revolucionaria.Guevara no es criticable por eso.

Es criticable por lo que trataba de construir por medio de la violencia: no una Cuba, sino dos, tres, muchas Cubas en América.

“Che” lideró, con la familia Castro, un asalto revolucionario al poder contra la dictadura de Fulgencio Batista, que entonces oprimía a Cuba. El tirano fue desalojado el 1 de enero de 1959 generando enorme esperanza en todo el Continente, de norte a sur.

La isla era en aquellos días, apenas detrás de Argentina, el país más rico de América Latina, pero los cubanos no eran libres. Los críticos de Batista atestaban las cárceles, la prensa era perseguida, miles estaban exiliados, los gerifaltes del régimen ostentaban escandalosos privilegios.

Lo que los Castro y Guevara construyeron en Cuba no es muy distinto a lo que destruyeron.

Hoy, los críticos de Castro atestan las cárceles, no hay prensa libre en Cuba, millones están exiliados y la nomenclatura comunista goza de escandalosos privilegios.

Los defensores de la memoria de Guevara dicen que era tan íntegro que no soportó la situación y prefirió seguir sembrando revolución.

Los dirigentes del Partido del Movimiento al Socialismo paraguayo cuentan que “Che” criticaba el modelo soviético que había ayudado como pocos a edificar y que estaba más en sintonía con el ideal de la “revolución permanente” del líder comunista chino Mao Zedong.

Ocultan que Mao carga en su haber cincuenta o sesenta millones de muertos por razones políticas, un récord del que ni Adolfo Hitler puede ufanarse, y esconden que los comunistas chinos, apenas pudieron, demolieron hasta sus cimientos la obra del maoísmo.

La salida de Guevara de Cuba, en 1965, muestra dos cosas: primera y principal, que en el régimen que había construido no había lugar para disentir y, segunda, que sus diferencias con la familia Castro no eran en reclamo de mayor moderación, sino de mayor dureza.

Ernesto Guevara de la Serna estaba, como dicen los dirigentes del P-MAS, mucho más cerca de la “Revolución Cultural” china, ese sorprendente ensayo de Mao que pretendió desconocer la individualidad de los seres humanos convirtiendo a China en un país atrasado del Tercer Mundo en apenas cinco años y que es el modelo sobre el que se desarrolló enseguida el genocidio camboyano ejecutado por otro memorable líder comunista, Pol Pot.

Esa integridad de Guevara, pues, es semejante a la que tuvo Hitler. El dictador alemán también creyó, hasta su último aliento, en la corrección de lo que había hecho. No sé si semejante soberbia es digna de admiración. Yo, por lo menos, no creo que esa clase de fanáticos sea admirable. Osama ben Laden no es admirable. Santo Domingo de Guzmán no es admirable. Los incapaces de admitir sus propios errores no son admirables.

Es triste que los dirigentes del Partido del Movimiento Al Socialismo tengan en Guevara a su máximo héroe. No es extraño que con tal guía reivindiquen la dictadura como forma de gobierno. Y más triste es que el posible presidente de la República, Fernando Lugo, tenga el mismo santo y camine la misma ruta.

Por mi parte, tengo una galería de héroes muy distintos: Fernando de la Mora, Pedro Juan Caballero o José Segundo Decoud, paraguayos que lucharon por que aquí haya, no un buen tirano como quieren los que siguen a Hugo Chávez, sino una ciudadanía libre.

*Publicado en La Nación de Asunción el 8 de octubre de 2007