domingo 14 de octubre de 2007

La vicepresidencia*

Por Enrique Vargas Peña

Deben haber pocas instituciones republicanas más despreciadas y menos comprendidas que la vicepresidencia. Los políticos que buscan el aplauso fácil no hesitan en calificarla de florero y mucha gente llegó a considerar que, efectivamente, es eso.

Ya con esa excusa, la de que la vicepresidencia es un florero, tras el golpe de Estado del 28 de marzo de 1999 se tardó más de un año en elegir a un vicepresidente y, después de la renuncia, por razones electorales, del que había sido elegido, se violó la Constitución para confiar sus funciones a un encargado de despacho.

Claro está que el régimen de marzo no tenía mucho apego al Estado de Derecho, pero ese no es el camino recomendable. Al contrario.

La vicepresidencia tiene la importantísima, fundamental, función de asegurar que un presidente elegido por el pueblo sea sucedido, si las circunstancias lo exigen, por otro funcionario con mandato popular de igual valor.

La legitimidad es un asunto central para el buen funcionamiento de las instituciones políticas, y la experiencia paraguaya lo confirma más allá de toda duda razonable.

Vale repetir y repetir la dramática, en realidad trágica, anécdota de la elección del general Higinio Morínigo para la presidencia de la República para entender la utilidad obvia de la vicepresidencia.

El general Estigarribia, en el diseño legal de su dictadura, por incapacidad para superar el lugar común en el que incurren los políticos de escaso vuelo intelectual que repiten lo del florero, suprimió la vicepresidencia.

Consecuentemente, muerto Estigarribia, la República fue sometida a sufrir la designación de un presidente provisorio por parte de un pequeño grupo de funcionarios burocráticos sin mandato popular alguno.

Y resultó elegido el general Morínigo, mediante un patético sorteo. La administración de los recursos que los contribuyentes conceden al Estado fue depositada en una persona designada por otras seis o siete cuyo único mérito para estar en el poder era el favor del general Estigarribia, nada más.

Del pueblo, nada.

Eso es lo que quieren los que sostienen que la vicepresidencia es un adorno. Son gente que no razona con sentido democrático.

La vicepresidencia es, pues, una necesidad de la democracia.Ahora hay un grupo de parlamentarios, de varios partidos lamentablemente, especulando con la elección de un sucesor del renunciante vicepresidente Castiglioni.

Quieren elegir uno al gusto propio o dejar vacante el cargo, como si tuvieran derecho a hacerlo, aprovechando lo que groseramente denominan el precedente del régimen de marzo.

El régimen de marzo solamente produjo precedentes para las dictaduras, no para las democracias, y el hecho de que algún político piense en recurrir a ellos muestra el escaso apego que tienen por la legitimidad.

El Congreso tiene una obligación que la impone la Constitución, elegir rápido un vicepresidente. Esta es una cuestión requerida por el buen funcionamiento institucional de la República, independientemente de que guste o no quien es el actual presidente.

*Publicado en La Nación de Asunción el 10 de octubre de 2007