Por Enrique Vargas Peña
Parece evidente no solamente que nuestro país desea un cambio, sino que lo necesita. Muchos creemos que, sin cambio, las condiciones generales en las que los paraguayos vivimos seguirán deteriorándose peligrosamente.
Muchos pensamos, además, que Fernando Lugo representa una oportunidad para llevar adelante ese anhelo de modificar la situación actual.
Pero hay señales, en el campo luguista, que no son positivas.
En primer lugar, el tema del compromiso del 5 de febrero, que los luguistas desarrollan con una lógica que se presta a confusiones.
En esa fecha, todos los ahora integrantes de la Concertación se comprometieron a llegar a un acuerdo político para definir la candidatura presidencial o, si no se alcanzaba, a ir a una consulta popular.
La palabra "acuerdo" tiene muchas acepciones registradas en el diccionario de la Real Academia de la Lengua, pero a los efectos del compromiso del 5 de febrero, podía significar: "1. m. Resolución que se toma en los tribunales, sociedades, comunidades u órganos colegiados. 3. m. Convenio entre dos o más partes".
Muchos pensamos que significaba lo segundo. Además porque el propio diccionario indica que cuando se usa la palabra "acuerdo" como locución adjetiva, significa "1. loc. adj. Conforme, unánime. Estar, ponerse de acuerdo".
Al imponer el primer significado sin haberlo especificado desde el inicio y al efecto de eludir la consulta popular, los luguistas están generando la impresión de que no son muy diferentes al nicanorismo, que hizo algo parecido, en febrero de 2006, para lograr que Nicanor Duarte Frutos fuera elegido, en contra de la Constitución, presidente del Partido Colorado.
En segundo lugar, la desafortunada expresión del propio Fernando Lugo referida a que no hay que ser esclavos de la ley.
No creo que Lugo haya recurrido a tal expresión de mala fe, pero parece evidente que no midió las consecuencias de tal expresión en un Estado de Derecho.
Un mandatario que no sea esclavo de la ley, es igual a Nicanor Duarte Frutos, tratando de sortear la ley por cualquier costado.
O, mucho peor, es semejante a Hugo Chávez, quien directamente se liberó de la esclavitud de la ley para reemplazarla por el imperio de su propia voluntad.
El problema de estos signos negativos es que plantean cuestiones legítimas a cualquier elector medianamente moral, acerca de si estas conductas del candidato Fernando Lugo y las del luguismo anuncian o no las conductas del presidente Fernando Lugo y las del futuro oficialismo.
Si las anuncian, y dicen que el presidente Lugo dará a cada palabra de la Constitución el significado más perverso posible en su propio provecho o la violará abiertamente por no ser esclavo de ella, entonces Lugo no trae cambio alguno.
Sería una repetición de Nicanor Duarte Frutos. Y, a mi modo de ver, una oposición triunfante que emule a Duarte Frutos en el gobierno sería una tragedia infinitamente peor que la continuidad del nicanorismo, por la sencilla razón de que esa oposición mataría así lo último que nos queda: la esperanza de un mejor porvenir.
*Publicado en La Nación de Asunción el 15 de agosto de 2007
domingo 14 de octubre de 2007
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