martes 16 de octubre de 2007

El poder detrás del poder*

Por Enrique Vargas Peña

La candidatura de Nicanor Duarte Frutos al Senado tiene, además de todos los fines que le atribuyen desde la disidencia colorada y desde la oposición, el propósito de asegurar para el actual primer mandatario un lugar institucional que le sirva para seguir mandando.

Suponiendo que el aplastante uso de los recursos estatales permita a Blanca Ovelar de Duarte convertirse en candidata del Partido Colorado a la presidencia de la República y, eventualmente, ganar las elecciones de 2008 para ser la sucesora de Duarte Frutos, este se convertirá, desde el Senado, en el poder detrás del poder.

Hay que recordar que el 15 de agosto de 2008, apenas deje la presidencia de la República, Duarte Frutos reasumirá la presidencia de la Asociación Nacional Republicana y asumirá su escaño de senador.

Desde esa posición, senador y presidente del partido oficialista, Duarte Frutos gobernará efectivamente, manteniendo a Ovelar prisionera de su influencia.

Esto no se hará, por supuesto, de manera torpe. Duarte Frutos no es tan tonto como para menoscabar la dignidad de su ex ministra. Se hará manteniendo todas las formalidades, como corresponde a un buen alumno de Dick Morris (“El Nuevo Príncipe”) y a la antigua tradición que en América Latina existe al respecto.

René Schick Gutiérrez y Lorenzo Guerrero Gutiérrez fueron presidentes de Nicaragua mientras el verdadero poder lo detentaba Anastasio Somoza Debayle; Leonardo Arguello, Benjamín Lacayo Sacasa y Víctor Manuel Román también fueron presidentes de ese país, mientras el verdadero poder lo ejercía Anastasio Somoza García, el padre de Somoza Debayle.

Jacinto Bienvenido Peynado, Manuel Jesús Troncoso de la Concha, Héctor Bienvenido Trujillo Molina y Joaquín Balaguer fueron presidentes de la República Dominicana mientras el poder real lo ejercía Rafael Leónidas Trujillo Molina.

Héctor José Cámpora fue presidente de la República Argentina mientras el poder estaba en las manos de Juan Domingo Perón y, aquí mismo, en nuestro país, Tomás Romero Pereira fue presidente de la República mientras en realidad gobernaba Alfredo Stroessner.

Al menos dos problemas se plantean con la existencia de un poder detrás del poder.

El primero, funcional: Las instituciones constitucionales pierden el rol para el que fueron diseñadas, generando lastres adicionales a la ya pobre eficiencia del Estado paraguayo.

El segundo, moral: Los límites que el ordenamiento jurídico establece para el poder formal y para el supuesto de que él es también el poder real, no sirven para demarcar a un poder real distinto del formal, que puede actuar impunemente.

A mi modo de ver, la Constitución no previó adecuadamente la posibilidad de que un político sin escrúpulos como el presidente Duarte Frutos intente convertirse en el poder real detrás del poder formal.

Pero la falta de previsión constitucional no es excusa para los políticos decentes, quienes se abstendrían de tal intento.

Cualquier cristiano debería saber que jugar limpio es lo que corresponde siempre.

*Publicado en La Nación de Asunción el 17 de octubre de 2007