domingo 14 de octubre de 2007

Derecho y fuerza*

Por Enrique Vargas Peña

No resisto la tentación de contestar la opinión, publicada en Ultima Hora, del sacerdote católico Francisco Oliva sobre el tema de la ocupación de la plaza Uruguaya por parte de un grupo de indígenas.

Oliva es un eximio propagandista, imputándonos, a los que criticamos esa ocupación, dichos y pensamientos que ni remotamente manifestamos o tenemos, con el fin de convertir a aquellos agresores en víctimas y a los agredidos ciudadanos asuncenos en victimarios.

Dice, por ejemplo, que nos preocupa el césped de la plaza en lugar de preocuparnos por las tierras "que se les han arrebatado" a los indígenas o de la inacción del gobierno con respecto al problema indígena.

El señor Oliva falsea estos hechos: El problema de la ocupación de la plaza Uruguaya no es cuestión de césped, sino de derecho.

La cuestión de derecho es definir si los paraguayos solucionaremos nuestros reclamos, que son muchos y no solamente de los indígenas, recurriendo a la fuerza o si trataremos de hacerlo mediante el Estado de Derecho.

La cuestión de derecho es definir si en la presentación de nuestros reclamos debemos o no menoscabar los derechos de otros paraguayos tan paraguayos como nosotros o si para hacer notar nuestros problemas tenemos que pisotear y destruir los derechos de los demás.

Eso es lo que se discute en el tema de la plaza Uruguaya, no el césped. Lo que se discute es si, para llamar la atención sobre sus problemas, es justo o no que los indígenas destruyan la propiedad pública, usurpen un espacio público y obliguen a contribuyentes que nada tienen que ver con el problema a pagar daños por más de doscientos millones de guaraníes, para no hablar de lo que están perdiendo los vecinos.

Oliva está acostumbrado a alentar soluciones de fuerza (marzo paraguayo), tal vez porque parece no caer en la cuenta de que eso funciona mientras los agredidos se resignan.

Oliva nunca publicó una explicación de lo que sucedería si todos los que tienen reclamos recurren, como estos ocupantes de la plaza Uruguaya, a la fuerza para hacerse notar.

Por si él no lo pensó, dado que estuvo siempre del lado de los que lograron imponer su punto de vista, me atrevo a esbozar el panorama de una sociedad en la que todos los reclamos se hicieran notar por la fuerza.

Sería la selva, cuya ley los sacerdotes católicos critican tanto en sus sermones dominicales, donde prevalece el más fuerte, no porque tenga razón sino, simplemente, porque es eso, el más fuerte.

Si son los más postergados del Paraguay, los indígenas que ocupan la plaza Uruguaya aplastando los derechos de los contribuyentes asuncenos, de los vecinos del lugar, de los trabajadores del lugar, de los empresarios del lugar, deberían ser los más interesados en apuntalar y en fortalecer el Estado de Derecho.

Es la ley de la selva la que terminará por destruir sus culturas. Oliva les impide ver que si triunfa su pretensión de hacerse notar por la fuerza, después solo les quedará la fuerza para defenderse del rollotráfico, del narcotráfico o de la especulación pura y simple, pues habrán socavado las bases de sustentación de lo único que puede realmente ayudarlos, que es el imperio del Derecho.

Es triste ver que un sacerdote, representante de la Iglesia que despojó por la fuerza a los antecesores de estos indígenas de su cultura, de sus dioses y de sus tierras, persista en alentarles en un camino que resta legitimidad a su causa.

*Publicado en La Nación de Asunción el 26 de setiembre de 2007