domingo 11 de marzo de 2007

Taiwán, China y Paraguay

Por Enrique Vargas Peña

Un vejo conocido de China, Henry Temple, Lord Palmerston, decía siempre que los países no tienen amigos permanentes, ni permanentes enemigos, sino que tienen intereses permanentes.

Paraguay se independizó de España, y luego se negó a sumarse a los diversos procesos de integración de la región sudamericana, porque mantenerse en calidad de provincia perjudicaba seriamente sus chances de enriquecerse. Esta sigue siendo la situación del Paraguay y la percepción de su opinión pública.

Y Paraguay se independizó porque su calidad de provincia se había mostrado insuficiente para mejorar la calidad de vida de su gente. Es con la independencia que los paraguayos pudieron al fin sentirse libres de prosperar.

El interés nacional paraguayo, por tanto, es tratar de mantener la independencia nacional en una región cada vez más sometida a la hegemonía brasileña.

El 26 de marzo de 1991 fue suscripto en Asunción el Tratado de MERCOSUR, por el que los países signatarios se comprometían a establecer en sus territorios un área de libre comercio, en realidad un mercado común, y un arancel externo común.

Paraguay ingresó a la asociación, debido a que su gobierno requería la legitimación internacional de su transición a la democracia, sin establecer contrapesos adecuados para la enorme asimetría representada por la economía brasileña y por su aparato industrial que es el que terminó imponiendo el marco comercial del bloque, interno y externo.

La industria brasileña, pues, condenó a Paraguay a elevar su arancel externo sin abrirle acceso al mercado brasileño, convirtiendo al país, de hecho, en una provincia económica brasileña, en un mercado cautivo de Brasil. Como se observa fácilmente, el Tratado de Asunción es un ataque directo a la premisa básica de la independencia nacional paraguaya.

El proceso tiene proyecciones políticas, con la introducción de instituciones tales como un parlamento, que solamente consolidarán la hegemonía brasileña en la asociación, en detrimento directo de la independencia paraguaya, incluso en derecho, incluso en instrumentos jurídicos formales que comprometerán a los futuros gobiernos paraguayos.

La hegemonía brasileña no es nueva en la región, aunque su poder unilateral sí. Antes de MERCOSUR, ella estaba equilibrada por Argentina y Paraguay siempre pudo hacer una política pendular para mantener su independencia nacional, cosa que la constitución del bloque regional eliminó.

Consecuentemente existe mucha resistencia en Paraguay a MERCOSUR y a adoptar políticas que profundicen de cualquier manera la ya enorme dependencia que el país sufre de Brasil. Existe mucha resistencia a romper vínculos que de alguna forma refuerzan la idea de la autonomía nacional para reemplazarlos por otros que, al contrario, profundizan la sujeción de Paraguay a MERCOSUR.

Quien no logre comprender ese interés nacional paraguayo difícilmente entenderá algunas posiciones de la opinión pública paraguaya ante los problemas mundiales, por ejemplo, la situación de Taiwán, que tiene reconocimiento diplomático de Paraguay.

En el país existe información profusa y amplia y permanente discusión acerca de los problemas implícitos en la cuestión taiwanesa.

China alega que Taiwán es una provincia rebelde, Taiwán alega que tiene derecho a la autodeterminación. China sostiene que reconocer a Taiwán constituye una intervención en sus asuntos internos. Y Paraguay no puede, razonablemente, desatender sus propios intereses en esta cuestión.

China tiene como prioridades de su política latinoamericana sus relaciones con Brasil y con Venezuela. Difícilmente la cancillería china modifique este posicionamiento que, en realidad, es compartido por todas las grandes potencias. Brasil es prioridad también para Estados Unidos, para Rusia, para la Unión Europea, lo que se comprende perfectamente considerando el peso de Brasil, pero para Paraguay constituye un problema.

La relación especial de China con Brasil y Venezuela, es el interés nacional chino en América Latina.

Paraguay heredó de la Guerra Fría su actual relación con Taiwán. Dos gobiernos dictadoriales, el de Chiang Kai Shek y el de Alfredo Stroessner establecieron lazos alentados por su coincidencia global con Estados Unidos. Paraguay no reconoció al gobierno chino por esa razón.

Paradójicamente, el reconocimiento de China por la comunidad internacional es la causa de la creciente importancia que para Taiwán tiene Paraguay y es la causa por la que estas relaciones con Taiwán tienen un atractivo especial para Paraguay.

Ellas son, de facto, uno de los últimos nexos verdaderamente autónomos de Paraguay con el mundo, fuera de MERCOSUR, y se perciben, por tanto, como una afirmación de la independencia nacional paraguaya.

Consecuentemente, la cuestión a resolver en el ámbito de las relaciones entre Paraguay y China es si puede existir alguna garantía china acerca de que las necesidades de su política regional latinoamericana no terminen, de cualquier modo, restringiendo aún más de lo que ya está la autonomía paraguaya.

En efecto, las preguntas que nos hacemos en el debate público los paraguayos, y sobre las que habrá que trabajar para mejorar las relaciones entre Paraguay y China son si las cifras del intercambio comercial entre los dos países alcanzarán de un modo natural el peso específico que requieren para hacer variar las actuales circunstancias, o si China podría alguna vez igualar la situación de privilegio político que Taiwán otorga a nuestro país desde el punto de vista político, o si el establecimiento de relaciones plenas con China no conduciría a profundizar todavía más nuestra creciente sumisión a la hegemonía brasileña en la región, considerando la importancia que Brasil tiene para la política regional china.

Como se puede ver, las dificultades existentes en las relaciones entre China y Paraguay tienen mucho menos relación con la cuestión taiwanesa propiamente que con la posición de Paraguay en América del Sur. Surgen de la realidad paraguaya.